Tiempo de perogrullos

—Aquí estamos.
—Sí, aquí estamos.
—Mañana no se sabe.
—No, no se sabe.
—El tiempo vuela.
—La verdad es que sí.
—Que sí qué.
—Eso, que el tiempo vuela.
—Sí, claro. Siempre lo he dicho.
—Y yo.
—Y no se recupera.
—No, no vuelve.
—Por eso no debemos malgastarlo.
—No, no debemos.



Intermitentes

   Se querían a ratos, y no siempre al mismo tiempo. A veces estaban juntos y tenían la mente a kilómetros de distancia. Otras, se pensaban desde lejos y les bastaba con imaginarse. En ocasiones se echaban de menos, pero no en el mismo momento. Y debido a estas circunstancias, no faltaba quien les advirtiera de que esa intermitencia no podía ser amor, pero a ellos les daba lo mismo. Daba igual cómo se llamara aquello que tenían, porque lo único cierto era que ya no podían no tenerse.


Souvenir

   Ya no me impresionan tus abismos ni el cauce desbordado de tus palabras; tampoco su eco resonando en mis paredes, ni el brillo de tu luz frente a la mía. Con el tiempo se han convertido en postales, en recuerdos que me demuestran que un día estuve en ti.


Temerarios

     Conducían sus vidas en direcciones opuestas, así que el choque parecía inevitable. Sin embargo, y contra todo pronóstico, ambos redujeron su velocidad hasta encontrarse. Parados en el arcén, contemplan desde entonces cómo los demás pasan de largo unos de otros, y sonríen ante lo acertada que puede ser, a veces, la conducción temeraria.


Alérgenos

     Los niños de ahora no son como los de antes —se lamenta la Bruja de la Casita de Chocolate después de bajarle el fuego al caldero.


Tempus fugit

   En las ciudades la vida pasa muy deprisa. Los días duran menos y lo ocurrido hace muchos años parece que sucedió ayer. Los ancianos son solo niños que se precipitaron en el tiempo, y los bebés se hacen mayores con cada pestañeo de sus padres. El amor se abandona a medio consumir y se repone por otro. Los libros breves se dejan a la mitad y los extensos, ni se abren. Los escritores ya no sienten la necesidad de

Ausencia

   A la semana del regreso de Ulises, Penélope retomó el trabajo con las agujas a la espera de que su pensamiento también volviera.

Dosinda

     Dosinda ya no siente hambre, ya no siente sed: solo siente amor. Se le agarra a las vísceras y le invade el cuerpo, la mente y hasta el espíritu. Las horas pasan lentas mientras ella deambula por la casa hasta que sus pies deciden pararse en seco y su memoria se revela incapaz de analizar hacia dónde iba, en busca de qué objeto entró en la habitación o por qué motivo salió de la cocina. Por eso ha empezado a fijar carteles en la vivienda. "Él no volverá" dice el de la entrada. "Límpiate los besos" le recuerda el del espejo. "Algún día volverán a abrazarte" le promete el del dormitorio.


Se venden carteles para corazones

  • Bienvenido.
  • Toque antes de entrar.
  • Ni se alquila ni se vende.
  • Circule con precaución.
  • Cerrado por inventario.
  • Próxima apertura.

Fallo de guión

   Decidió escribir sus memorias, pero apenas recordaba algunos fragmentos borrosos. Le faltaban datos de esto, de aquello, de lo de más allá, de lo de más acá. Aún así continuó en su empeño, y optó por cubrir los espacios vacíos con los hechos que, según él, deberían haber sucedido. Sin embargo, y a pesar de redactar varias versiones, en ninguna de ellas terminaba siendo escritor. Molesto ante tal falta de coherencia, e incapaz de reconducir su propia vida, continuó, como siempre, escribiendo la de otros.


Vidas multidisciplinares

   Él sostenía que era mucho más que un físico y que estaba harto de calcular probabilidades. En realidad, lo único que demandaba era un poco de literatura, pero ella se había cansado de la misma historia y soñaba ya con otras geografías.


Retórica del Lobo

   Hay miedos que se esfuman solo con nombrarlos, dejando apenas un rastro tenue. Otros, se agarran a las vísceras del alma y resultan muy difíciles de extirpar. El miedo al miedo es, tal vez, más común de lo que pensamos, pero el peor de todos —continuó él, acercándose aún más a una Caperucita confiada en sus palabras— es el que desaparece por completo.
  

Inventario de las cosas que no te dije

   1. Te sienta bien la camisa azul.
   
   2. La primera vez que te vi fingí indiferencia.

   3. Desafinar no es una virtud.

   4. Hablar contigo antes de dormir me hace feliz.

   5. Aunque debamos despedirnos, sé que te quiero.


Límites

   Lindo al Norte con tu impaciencia y con mis miedos; al Sur, con mis expectativas y las tuyas; al Este, con lo que podría haber sido y nunca fue; y al Oeste, con todo lo que no puedo evitar. Pero en el interior de mi parcela, mando yo.

Despeja la equis

Uno más uno, son dos. 

Dos más uno, son multitud. 

Tres más uno da lugar a un aparente equilibrio que se rompe si a cuatro le restas uno. 

Tres menos uno es una soledad de dos. 

El resultado de restar uno a dos, es siempre una incógnita.


Códigos

   Se entendían a su manera. En medio del bullicio de los otros, apenas hablaban porque sabían de la inutilidad de las palabras. Sus conversaciones estaban llenas de silencios, pero también de gestos y miradas suficientes para transmitir cualquier mensaje. Los demás, ajenos a esos signos, no comprendían nada: ni el diálogo, ni a ellos. 

Blanco y en botella

   Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre, porque no hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure, pero es que al pan, pan, y al vino, vino, porque no todo el monte es orégano y bien está lo que bien acaba.


Hilando fino

   Cuando Ulises regresó, Penélope abandonó las agujas e hizo la maleta. No tardaré —le aseguró—, y salió dando un portazo. Después de aquel día, su marido se convirtió en el mejor tejedor de la zona.

Prólogo

   Comenzó aprendiendo a dibujar frutas y bodegones. Cuando ya dominaba los claroscuros y los secretos de la perspectiva se inició en los rostros y paisajes, hasta crear con ellos un mundo único. Pero un día descubrió que alguien le había estropeado una manzana. Entonces arrugó todo lo hecho y optó por modelar con arcilla.


¿Y por qué?

   A pesar de todos los años acumulados, no había dejado de ser como un niño en la edad de las preguntas. Algunas de sus cuestiones obtenían una repuesta; otras carecían de ella o no podían ser resueltas por cualquier interlocutor. Pero un día encontró la horma de su zapato, el ying que equilibraría su insistente yang. En esa ocasión se enfrentó a la más simple y compleja de las réplicas: ¿y por qué no?  

La casa de mis sueños

   La casa de mis sueños no es grande, ni tiene jardín. Sus habitaciones son pequeñas y escasas, y desde ellas no se ve el mar. Está lejos de todas partes, no tiene garaje y los vecinos que la vigilan a todas horas nunca prestan el azúcar o la sal. Pero en la casa de mis sueños vives tú.

Ellos

   No nos pertenecen ni el fuego, ni el temblor, ni la sal, ni el fragor, ni la luz, ni la paz. Son ellos, mi amor, los que nos crean.


Insulanos

   La isla estaba hecha de viento: de las palabras que se llevaba, de las noticias que traía, de las voces efímeras de sus habitantes etéreos. Pero era tan hermosa, que parecía verdadera, y a ninguno de sus moradores le preocupaba que pudiera ser tan precaria como ellos.